Amalio Pérez, escultor en madera
El caso de Amalio Pérez Núñez-Lagos (Madrid), y su relación con la materia que trabaja, posiblemente sea uno de los que mejor reflejan la capacidad artística como una consecuencia de la propia evolución biológica que no se trunca en lo yermo ni tan sólo parte de ello. Un trayecto que el escultor conoce y del que participa; pues su condición de botánico le permite atesorar una perspectiva de dimensión no fragmentada de la madera como elemento base y esencial de su obra. De este modo, cada pieza exhala, desde ese componente táctil como propiedad expresiva, su carácter de continuidad y diálogo argumentado en el intermedio donde lo aleatorio se encuentra con la razón.
De formación autodidacta, la meticulosidad del trabajo diario y su saber acerca de los comportamientos del material y el por qué de sus caprichosas morfologías, confieren a estas obras cierto hilván con lo fecundo como germen y estrato principal de su elevación por los territorios de las formas caviladas.
Enebros y sabinas palidecen y se dibujan por la unción del suave tanteo hasta descubrir lisura y volumen, a veces, horadando lánguidamente oquedades sin motivos retrospectivos, otras, las menos, atizando la movilidad de la materia en concilio con las formas nacidas de donde surgen subjetivos temas, animalísticos o inmuebles naturales.
Es una escultura en la que el autor juega a la búsqueda de las propiedades constructivas, en la que siempre se tiende a la organización de un tejido urdido con sinuoso carácter orgánico.
Y es que estas piezas de pequeño y gran formato, nos seducen al mostrarse como desperezamientos lentos y voluptuosos que empujan y rompen su propio espacio, para albergar la mesurada erosión de la herramienta como un atributo más de esa calidad.
Son en sí formas halladas y pensadas para no romper el argumento de su existencia, el ciclo vital consumado en la depuración de su interior ahora convertido en piel y tacto, en vertebraciones autónomas que, imparables y como ramificaciones, evolucionan sin condenar su origen común.
Juan Antonio Tinte, crítico de arte.